Entre Maestros

¿Qué es un Maestro Zen? es alguien que ha sido certificado por otro Maestro y este a su vez por otro y así hasta el Buda constituyendo la línea de transmisión del Zen.  Veamos qué nos dice el Maestro Kosen en un mondo (intercambio de preguntas y respuestas con un Maestro) on-line:

Pregunta: “¿Qué es lo que le hace creer, no hablo de los otros, en su fuero interior, que usted es un Maestro?”

Respuesta: “En mí hay un Maestro, es Él el Maestro, es mi Maestro.
Es mi verdadero yo, me gusta y me quiere, porque yo soy él, soy su experimento. Por esta razón tiene lastima de mí y de lo que yo creo son mis límites, y me enseña que yo soy él y que el sufrimiento es un sueño sin sustancia, y que puedo salvar mi mundo por el pensamiento de amor y el perdón y que este mundo es su jardín y que sólo depende de mi hacerlo real.
Pienso que yo no llegaría hasta ese punto, entonces continúa enseñándome.
Y transmito a los que estan allí, todo lo que me explica sin nada que esconder.”

Todos los años se realizan dos campos de Verano dirigidos por el Maestro Kosen. Uno en el hemisferio Norte (en Francia) y otro en el hemisferio Sur (en Capilla del Monte, Córdoba, Argentina). Tuve la oportunidad de ir todo el mes al campo de Verano en Europa, y la suerte de trabajar toda una sesión (10 días) preparando la Guen Mai (desayuno tradicional del Zen a base de arroz y verduras) junto con uno de los Maestros (que han recibido la transmisión de Kosen) que hay en Francia. Puedo afirmar que esta experiencia ha sido una de las influencias más fuertes de mi vida. Voy a compartir con Ustedes alguno de los puntos más salientes de esa experiencia, desde mi subjetividad por supuesto.

A primera vista el Maestro Ryurin no llama mucho la atención. Si uno no se fija en él realmente no hay nada que lo destaque. Practica con todos, trabaja con todos, come lo mismo que todos. Pero si uno tiene la oportunidad de compartir con él, es fácil darse cuenta que su práctica y su samu (trabajo) no son comunes. Lo primero que me impresionó es que me enfrentaba (quizá por primera vez en mi vida) con un ser humano que funciona “normalmente”. Quiero decir, su comportamiento no estaba marcado por ninguna neurosis ni tendencia personal ni concepción abstracta ni opinión personal. Él era un engranaje perfecto de la realidad (la que se vive y se respira, la que se palpa en la tierra, no la que se piensa o se imagina), con una personalidad completamente funcional y fluida, sin cuestionamientos egoístas que tanto atormentan al 99,9999999% de la población mundial. Siempre completamente conciente de la situación en la que se encontraba (nunca se “colgaba” ) y por lo tanto de cuál era la acción justa (ni “buena” ni “mala” ni conceptual, justa) a tomar.

El Maestro Ryurin era muy amable con todo el mundo: entrar en contacto con él era ser succionado silenciosamente por la vorágine del Dharma. Esa vorágine genera siempre los mejores resultados de la manera más eficiente no para el provecho de nadie en particular sino para el provecho de todo el universo. El Maestro se utiliza gentilmente a sí mismo y a todo lo que haya a su alrededor como un instrumento para un bien mayor. Como el director de orquestra que saca el mejor sonido del conjunto de músicos quizá sin que ellos mismos se den cuenta. Luego de trabajar unos días con él adopté inconcientemente una rutina súper productiva, y que hacía que cada una de mis acciones sea justa y útil para todos.

Se notaba que el Maestro no tenía pensamientos inútiles (los que no son creativos). Pero esto no era fruto de una rigurosa disciplina mental: Ryurin no pensaba porque no tenía tiempo para pensar, siempre había algo que hacer, y lo que hay que hacer aquí y ahora es más importante que nuestros pensamientos lastimosos. No había ningún dominio esotérico en él y sin embargo no era un hombre común, movido por cosas comunes.

Este es un ejemplo de las experiencias en un Campo de Verano. Tomar contacto con verdaderos Maestros influye en nuestra vida, nos hace evolucionar, pero no en una dirección conceptual, ni siquiera concientemente. Evolucionamos sin especulaciones y nos alegramos de ver evolucionar a los demás.

La inscripción está abierta www.zen-deshimaru.com.ar.

Cristophe Ryurin Desmur

Gracias.

Shinryo.

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La vida cotidiana en el campo de Verano: la vida que siempre quise llevar

Hace tres años que realizo el campo de verano como permanente, es decir que estoy todo el mes trabajando y practicando en el templo. Mi experiencia personal me dice que la vida que se lleva en el campo de verano es el mejor entrenamiento para la vida diaria, para la vida en sociedad. En verdad, una vez que termina el campo de verano no puedo esperar a volver a mi vida secular, por llamarla de alguna manera,  para vivirla como un ser humano más evolucionado, más útil y más pleno que el ser humano que se subió al micro un mes antes para ir a Capilla del Monte.

Uno empieza el día practicando zazen. No hay mejor manera de empezar el día. Después se come un desayuno muy sano y nutritivo, una sopa de arroz tradicional de los monasterios Zen. Después a trabajar, el samú. Para el mediodía uno ya tiene hambre y realmente disfruta cualquier cosa que le pongan en el plato, que por otro lado generalmente es comida muy rica. Una siestita y a trabajar un rato más, después zazen. Cena y otro zazen para ir a dormir completamente tranquilo, iluminado.

Lavando ollas por primera vez en mi existencia

En el campo de verano, lavando ollas por primera vez en mi existencia

Algunos años practicando esta rutina me enseñaron un par de cosas importantísimas:

  • Se puede hacer un montón de cosas en un solo día.
  • Trabajar concentrado no te quita energía, te da más energía.
  • Con 15 minutos de siesta uno puede renovarse completamente.
  • Mi estómago realmente tiene fondo. Si uno se concentra en lo que come, con un solo plato basta.
  • No es necesario hablar mucho para tener una relación profunda con las personas.
  • Mi cuerpo es realmente mi servidor, mi herramienta y está ansioso de que lo use para lo que yo quiera. El cuerpo quiere aprender, cambiar, adaptarse. Si, al contrario, le pregunto a mi cuerpo qué es lo que quiere hacer, me va a responder “comer, dormir, pensar idioteces”, y el día va a ser aburrido para los dos.
  • La neurosis es fruto del aburrimiento, es energía estancada y malsana.

La columna vertebral de la rutina es la practica de zazen con el Maestro. No pasa desapercibido para mí que los puntos que he descripto más arriba de una manera totalmente mundana son el signo de una evolución espiritual profunda y espectacular.  El zazen “descomplica” al espíritu y eso te permite realizar la hazaña de llevar una vida simple, creativa y profunda.

No todo es color de rosa sin embargo. A veces los pensamientos me atormentan como nunca me han atormentado. En verdad el zazen y el samú en conjunto te enfrentan con tus miserias. En particular el samú con otras personas me enfrenta con las miserias más penosas para mí, las que me hacen ser disfuncional, “nulo” como dice mi Maestro. Encararlas y ver cuán patéticas son mis ilusiones tan nulas es parte del proceso de evolución, y por eso no me asusta mucho sufrir.

La agitación del zazen

La agitación del zazen

Al final del campo siempre estoy feliz, tranquilo. Mi cuerpo está en su peso ideal, mis músculos están tonificados por el samu, mi piel sana por el sol y la buena comida. Mi mente calma, poderosa. Estoy divino, sin miedo, las dudas y la ansiedad disipadas. Me encuntro completamente sano. Siempre dicen “la gente a veces cree que esto es un spa”, en realidad es mejor que un spa, sólo hay que sacarse un rato la careta social.

Bueno, también hay fiesta, baile, etc.  Hay de todo en un campo de verano, un mundo entero de emociones para ser experimentado desde la dimensión más alta de nuestras vidas.

Gassho.

 

Nicolas Nessi.

“Un día sin trabajo, un día sin comida”

El trabajo durante el campo de verano adquiere una dimensión extraordinaria. Uno hace cosas cansadoras, cosas que consideraría aburridas, pero uno igual está feliz, gratificado. Lo que sucede es que no es trabajo común. En realidad, el trabajo que acompaña la práctica de zazen, o samu en japonés, es el entrenamiento de los dioses. Es el entrenamiento para aprender a crear la realidad que nosotros soñamos en este mundo, haciendo uso de nuestras herramientas: nuestro pensamiento y nuestro cuerpo. Así, cada tarea, por más tonta que parezca, adquiere una significación profunda, y uno la hace con fe, con alegría, tratando que salga bien.

Para asegurar la práctica, la Sangha, o comunidad de practicantes, debe funcionar en forma coordinada. Hay un equipo que cocina, otro que sirve la comida, otro que lava los platos, otro que vuelve a poner la mesa para la próxima comida. El equipo de la basura limpia la cocina y saca la basura de todo el campo. La basura orgánica abona una huerta. Hay un equipo que junta la leña para calentar agua para bañarnos o cocinar. Otro equipo está responsabilizado de mantener los fuegos. Hay equipos que realizan tareas especiales, como reparación o contrucción de instalaciones. Hay samús más abstractos, como anotar las enseñanzas del Maestro o llevar la contabilidad, o ir a comprar insumos al pueblo.

Lavando los platos.

Lavando los platos.

Durante el tiempo que he practicado, he tenido la suerte de participar en la mayoría de las tareas que mencioné arriba. Tengo un pequeño panorama y sé que la Sangha es como un mecanismo, en el que cada uno hace su labor específica, y de esa labor dependen todas las demás. Si uno no trabaja, no comen todos. La frase del título, acuñada por el Maestro Hyakujo, no reviste para mí entonces el carácter de una premisa represiva, si no que es la plena y simple expresión de la interdependencia y la intimidad entre las personas que practican.

Un monje antiguo haciendo labores de carpintería.

Un monje antiguo haciendo labores de carpintería.

Durante los campos de verano he aprendido cosas que me han hecho más útil y me abrieron el panorama de mis capacidades. Entre otras cosas aprendí:

  • A cocinar algunas cosas.
  • A lavar los platos rápido y gastando poca agua.
  • A usar un hacha para cortar leña.

    Haciendo la mezcla.

    Un monje haciendo la mezcla.

  • Labores de electricidad.
  • Poner y reparar alambrados.
  • Albañilería básica.
  • Un poco de plomería.
  • A cuidar de una huerta.
  • A pintar paredes (más o menos).

Esto es muy notable para mí, nunca fui muy habilidoso.

Algo que me gusta mucho de la enseñanza de mi Maestro, es que siempre se mezclan todas las dimensiones de la vida, nada es demasiado mundano o demasiado espiritual como para no tomarse en serio. Entonces, un buen discípulo de mi Maestro, o el discípulo que a mí me gustaría ser, es un tipo espiritualmente muy profundo, un Buda, y a la vez una persona capaz de realizar cosas concretas, que no le tiene miedo a ensuciarse las manos.

Gassho.

Nicolas Nessi.

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