“Un día sin trabajo, un día sin comida”

El trabajo durante el campo de verano adquiere una dimensión extraordinaria. Uno hace cosas cansadoras, cosas que consideraría aburridas, pero uno igual está feliz, gratificado. Lo que sucede es que no es trabajo común. En realidad, el trabajo que acompaña la práctica de zazen, o samu en japonés, es el entrenamiento de los dioses. Es el entrenamiento para aprender a crear la realidad que nosotros soñamos en este mundo, haciendo uso de nuestras herramientas: nuestro pensamiento y nuestro cuerpo. Así, cada tarea, por más tonta que parezca, adquiere una significación profunda, y uno la hace con fe, con alegría, tratando que salga bien.

Para asegurar la práctica, la Sangha, o comunidad de practicantes, debe funcionar en forma coordinada. Hay un equipo que cocina, otro que sirve la comida, otro que lava los platos, otro que vuelve a poner la mesa para la próxima comida. El equipo de la basura limpia la cocina y saca la basura de todo el campo. La basura orgánica abona una huerta. Hay un equipo que junta la leña para calentar agua para bañarnos o cocinar. Otro equipo está responsabilizado de mantener los fuegos. Hay equipos que realizan tareas especiales, como reparación o contrucción de instalaciones. Hay samús más abstractos, como anotar las enseñanzas del Maestro o llevar la contabilidad, o ir a comprar insumos al pueblo.

Lavando los platos.

Lavando los platos.

Durante el tiempo que he practicado, he tenido la suerte de participar en la mayoría de las tareas que mencioné arriba. Tengo un pequeño panorama y sé que la Sangha es como un mecanismo, en el que cada uno hace su labor específica, y de esa labor dependen todas las demás. Si uno no trabaja, no comen todos. La frase del título, acuñada por el Maestro Hyakujo, no reviste para mí entonces el carácter de una premisa represiva, si no que es la plena y simple expresión de la interdependencia y la intimidad entre las personas que practican.

Un monje antiguo haciendo labores de carpintería.

Un monje antiguo haciendo labores de carpintería.

Durante los campos de verano he aprendido cosas que me han hecho más útil y me abrieron el panorama de mis capacidades. Entre otras cosas aprendí:

  • A cocinar algunas cosas.
  • A lavar los platos rápido y gastando poca agua.
  • A usar un hacha para cortar leña.

    Haciendo la mezcla.

    Un monje haciendo la mezcla.

  • Labores de electricidad.
  • Poner y reparar alambrados.
  • Albañilería básica.
  • Un poco de plomería.
  • A cuidar de una huerta.
  • A pintar paredes (más o menos).

Esto es muy notable para mí, nunca fui muy habilidoso.

Algo que me gusta mucho de la enseñanza de mi Maestro, es que siempre se mezclan todas las dimensiones de la vida, nada es demasiado mundano o demasiado espiritual como para no tomarse en serio. Entonces, un buen discípulo de mi Maestro, o el discípulo que a mí me gustaría ser, es un tipo espiritualmente muy profundo, un Buda, y a la vez una persona capaz de realizar cosas concretas, que no le tiene miedo a ensuciarse las manos.

Gassho.

Nicolas Nessi.

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